[Fotografía: Carlos López Ayerdi]

Ninotchka Matute

Arquitecta Urbanista

El mundo no será el mismo después del COVID-19, cuando volvamos a salir de nuestras casas, la perspectiva será completamente distinta, el contacto físico con otros seres humanos habrá perdido espontaneidad, serán pocos los que se atreverán a traspasar la barrera del metro de distanciamiento, nosotros mismos tendremos más consciencia de nuestra vulnerabilidad y de nuestra potencial capacidad como entes infecciosos deambulando por la ciudad.

Los arquitectos, nos sentiremos un poco culpables de ese placer que nos dio ver las imágenes de la ciudad vacía, las calles sin autos, las veredas sin gente, las plazas vacías, el hermoso portal en plenitud, culpables porque la ciudad debe ser para la gente, sin embargo la manera en que las hemos venido construyendo no ha cumplido con su objetivo que básicamente es facilitar la existencia de los seres humanos en su hábitat construido, promover el encuentro, mejorar la calidad de vida de las personas, dignificar la existencia de la gente. Eso no sucede en nuestras ciudades, muy por el contrario la vida urbana se ha vuelto una tortura para todos. Trasladarse de un lado a otro en vehículos destartalados, contaminantes, peligrosos, horas en estas máquinas de la muerte apretados cada uno con su dignidad hacinada con la del otro, incluso los más afortunados dedicando 60 horas de vida al mes para ir y venir por las congestionadas avenidas.

La pandemia y sus imposiciones de aislamiento social, el “quédate en casa” el “lávate las manos”  el tele-trabajo que para algunos parecieran requerimientos sencillos de cumplir ha evidenciado con brutalidad que no todos vivimos igual, que la desigualdad es un tema que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, más allá de los ingresos y la riqueza mal distribuida, la desigualdad en la forma de habitar las ciudades sorprende porque es radical, porque las ciudades no están diseñadas para resguardar la integridad de las mujeres, ni para que puedan ser recorridas por quienes presentan necesidades diferentes, ni para los niños ni mucho menos para los ancianos, de la misma manera que no posibilita el acceso a una vivienda digna. El hacinamiento es una realidad que transforma el “quédate en casa” en un foco de contagio inimaginable y el “lávate las manos” en una exigencia imposible para muchas familias que no tienen acceso a agua potable ni jabón. La posibilidad de estudiar a distancia y poner en práctica el teletrabajo es también una posibilidad accesible para un número reducido de familias. En Guatemala se dice que existen más teléfonos celulares que personas, aunque esto sea así, la cobertura o un adecuado plan de datos sigue siendo un lujo que no está al alcance de la mayoría.

Los urbanistas venimos proponiendo un ordenamiento territorial que privilegie ciudades compactas y densas, vivienda social central, accesible a los servicios urbanos, con espacios públicos suficientes para lograr compensar el escaso metraje construido en las casas y mantener cierto nivel de calidad de vida  también sistemas de transporte colectivo por sobre la infraestructura vial dedicada al transporte privado del automóvil individual. Todas propuestas válidas y necesarias para la planificación de mejores ciudades pero que hoy a la luz de los requerimientos del COVID-19 deben ser abordadas desde una perspectiva más amplia.

Cuando volvamos a salir a la ciudad, tendremos que superar dentro de muchos aspectos, los síntomas de la agorafobia que la pandemia nos dejará instalada, el temor a salir a espacios abiertos de encuentro y reunión de personas, el temor a viajar en un transporte colectivo atochado de personas, el temor a volver a los asentamientos hacinados de las poblaciones menos afortunadas.

La ciudad después del COVID-19 deberá asumir una serie de retos inesperados. El futuro del urbanismo y la arquitectura tendrán que responder a nuevas exigencias, posiblemente la arquitectura se vuelva más “higienista” y los materiales que se usen serán aquellos que permitan repeler mejor  las bacterias, los microbios y los virus. Los espacios públicos deberán volverse imprescindibles para el desahogo de las viviendas mínimas. El transporte público deberá volverse más eficiente para evitar aglomeraciones y claramente dejar de invertir en infraestructura para vehículos privados.

Muchas empresas como los contact center habrán podido evidenciar que sus edificios e infraestructura instalada no deben ser tan grandes y cambiar esas enormes inversiones en la capacitación de sus empleados para el teletrabajo y en la dotación de equipos informáticos y accesibilidad a internet.

Los estados podrán darse cuenta que las inversiones deberán encauzarse no solo a la dotación de servicios básicos sino también a una mayor cobertura de internet, la tecnología de las muy en boga Smartcities deberá ponerse al alcance de todos los ciudadanos para optimizar procesos como el transporte, para reducir trayectos de desplazamiento, para detección de enfermedades y para el temprano diagnóstico médico a distancia, por ejemplo.

Los ciudadanos y los gobiernos locales y nacionales deberán enterarse de una vez por todas que hay que privilegiar la salud por sobre la economía, la calidad de vida por sobre la productividad acelerada, el conocimiento por sobre la educación tradicional y por sobre todo minimizar el impacto que el ser humano produce en la naturaleza, sí algo nos ha permitido esta pandemia es experimentar el privilegio de convivir con otros seres vivos en el planeta, de volver a escuchar y ver pájaros que habían desaparecido de las áreas urbanas, diversas especies que ante la ausencia de seres humanos se han atrevido a entrar en las ciudades, sin miedo al depredador ausente, las aguas de canales, ríos y lagos se han vuelto a ver cristalinas y la calidad del aire ha bajado considerablemente sus niveles contaminantes. Las familias se han organizado para consumir lo justo, incluso se han implementado pequeños huertos en casa.

Con el aislamiento nos hemos alejado físicamente de las personas que amamos pero nos hemos acercado a ellas a través del lazo indestructible del amor.

Las ciudades sin gente se ven hermosas, pero claramente dejan de tener sentido, si algo ha de dejarnos esta época compleja y difícil es esa consciencia de que veníamos mal pero podemos hacerlo bien, las ciudades son nuestro hábitat, debemos construirlas sin depredar la naturaleza, debemos diseñarlas hermosas y accesibles para todos.

Los seres humanos somos gregarios, nos necesitamos unos a otros, los retos de hoy han sido parejos para todos sin embargo algunos pueden responder mejor que otros, la solidaridad, el colectivismo pueden definir la ruta para el reencuentro de las personas en ciudades que nunca deben dejar de ser para la gente.

Guatemala, abril 2020.